El día que no fué cualquiera


Alguien en una casa de Floresta enfrenta una decisión. O se pone a secar la cocina-comedor-recibidor de la casa que en algún momento fue sorprendida por una lluviosa inundación de origen conocido o…
libera las ganas de sentarse a ver la repetición de CSI Miami mientras se toma unos mates con chipá con los pies en el puff para que las medias con deditos blanquinegras no se hagan pelota.
Tratar de que el trapo absorba lo “inabsorbible”, después el dolor de los dedos al retorcer el maldito trapo en la bañera, sumado al anillo de cuero trenzado a mano, artesanía-recuerdo de algún sábado feliz flotando en el agua color marrón, da paso a la obligada pregunta que se hace quien habita una casa en Floresta y cena mate con chipá porque Diciembre será un mes apretado:
M: ¿tan roñoso estaba el piso?
Más o menos a la altura donde el oleaje de agua amarronada baña las playas de una caja de cartón llena de boludeces y nostalgia, se recuerdan las risas de aquel viaje en colectivo, la mano amiga, la compañía a la par….
Entonces se vuelve un pantallazo de bajo presupuesto, donde una mina – también de bajo presupuesto- agachada trata de secar el piso y se larga a llorar de rabia sin darse cuenta que el agua se había adueñado de los pantalones de vestir para conquistar un calzón desteñido que triunfal, moja el contorno de un culo blanco que en el verano jamás ve el sol.

La última gota

La convivencia con el Tiki se había vuelto insoportable. Sin embargo, una luz en el camino se dejó ver cuando llamó a Marina al trabajo para darle la buena nueva.

Tiki: conseguí un trabajo.
Marina: Si? Qué bueno! (emocionada)
T: cuando llegues a casa te cuento mejor.
M: dale, beso!

La alegría de Marina no tenía límites. Por primera vez lloraba pero de felicidad. Tal vez ese tiempito a la sombra le había servido para madurar, tal vez no era tan irresponsable como parecía, tal vez… y que sabía ella cuantos tal vez más podían contemplarse después de todo.
Llegó a la casa ansiosa por conocer más detalles del nuevo trabajo. Quería saber cómo lo había conseguido, si eran conocidos, que horario tenía que hacer, etc., etc., etc.
En la mesa del comedor, había un maletín chico, parecido al de los médicos, que el Tiki le señalaba con una sonrisa de oreja a oreja.

Marina: vas a trabajar con Van D.?

(después de todo, era el veterinario más reconocido de Floresta, buena gente, y porqué no, uno de los pocos que podía llegar a darle trabajo al Tiki)

Tiki: No. Es una valija con bijouterie para vender.
Marina: pero si no conocés a nadie que pueda comprarte algo y además cumplir con el pago?
T: yo no, pero vos si. En el banco donde trabajás, podés ofrecerlo a tus compañeros. Siempre hay alguien que compra, y ahí van a cumplir con el pago.

Marina rebuscó en su memoria, y recordó las palabras exactas del Tiki: “conseguí UN trabajo”. Pero claro, nunca dijo que era para él.
Esa había sido la gota que rebalsaba el vaso. Había llegado el momento de separarse, y así se lo hizo saber. La cosa no daba para más, y la casa era de los abuelos de Marina, así que si alguien debía irse, no era ella. La respuesta, desde luego, fue negativa. Marina venía con pensión completa y el Tiki no iba a desaprovechar la ganga.
Al día siguiente, como acostumbraba cada tanto, llegó el Chueco con Patricia a cenar a la casa de Marina.
En un momento que el Tiki salió a comprar cigarrillos sin que tuvieran los allegados la suerte de una segunda abducción, ya que no había medias parís a la vista, aprovechó para contarle al Chueco lo sucedido, y pedirle que hablara con él ya que no quería irse. Él, incondicional como siempre, le dijo que dejara todo en sus manos. Y aunque Marina confiaba en el Chueco, dudaba que lo convenciera, o por lo menos, no creía que lo haría en un día. La conversación fue breve.

Chueco: no vine por casualidad, ni a cenar y nada más.
Tiki: y entonces?
Ch: vine a avisarte que me dijo tu abogado, que te salió un nuevo pedido de captura.
T: y eso porqué?
Ch: ni idea. Pero te tenés que ir de acá hasta que él presente algún escrito en el juzgado.
T: y a dónde me voy a ir?
Ch: esta noche venite con nosotros, mañana veo donde te ubico mientras dura esto.

En menos de media hora, el Tiki llenó dos bolsos con la ropa, zapatillas, y todo lo que necesitaba por si tenía que estar varios días escondido.
Mientras salían con los bolsos de la casa de una Marina que no podía creer lo que veía, el Chueco se volvió a saludar, y por lo bajo, mientras se despedía de ella, dijo:

“mañana, cambiá la cerradura, andá a ver un abogado de tu confianza, y empezá a vivir”.

Esa última frase del Chueco, dio vueltas toda la noche en la cabeza de Marina. La vida le daba la oportunidad de volver a empezar, y no la iba a dejar pasar.

Las medias París

Cuando Dorita, la madre del Tiki, toma conciencia (es una forma de decir) que hay que pagar un abogado y Marina había quedado sin trabajo, se desmaya de la impresión en el banco de la guardia de la comisaría.
Para ese entonces, Marina comenzaba a pelechar, y sin inmutarse se disponía a irse con el Chueco, cuando el oficial de guardia le espetó:

Oficial: Señora, queda su suegra aquí.
Marina: …………..
Chueco: cuando se despierte, mándela a la casa.

Así fue como Dorita, se recuperó ipsofacto sin necesidad de sales ni yerbas parecidas y salió a la carrera detrás del Chueco y Marina como si nunca hubiera estado “desmayada”.
Al poco tiempo, por una prima, Sara Almaraz, que ni siquiera la conocía, pero sabiendo la historia decide recomendarla, Marina comienza a trabajar en una empresa norteamericana como secretaria del gerente de ventas. Por medio de unos conocidos, consiguen que el Tiki sea trasladado del penal de Olmos al modelo de Junín para evitarles a los familiares la humillante requisa antes del ingreso y que él “perfeccionara” sus dotes de amigo de lo ajeno. El sueldo era muy bueno, lo que le permitía dividirlo entre las cuatro semanas que tenía el mes, para costearse los gastos de viaje al penal, hospedaje, y algo para comer.
Fue una época en que Marina hubiera querido poder olvidarse lo que había aprendido de su abuelo. Eso de que en la cárcel y en el hospital no se abandona a nadie se estaba convirtiendo en una carga demasiado pesada. Porque lo del hospital vaya y pase, pero lo de la cárcel…
Así fue como un día, después de cinco meses, autorizan la excarcelación del Tiki, y regresa a la casa de Marina.
Ya nada era igual. Marina desconfiaba hasta cuando le decía “buenos días” y por las dudas se asomaba a ver si era de día o de noche.
Y un viernes, como en el cuento, el Tiki salió a comprar cigarrillos y no volvió hasta el lunes pasado el mediodía.
Marina llegó de trabajar, con la esperanza de encontrarle una pierna menos, un hueso quebrado, o algo, un raspón aunque más no fuera que al menos justificara la “pérdida”. Pero no. El Tiki estaba ileso.
Sin mediar palabra, Marina se acomodó en una silla de la cocina en busca de la explicación del Tiki, que no se hizo esperar:

“Viste que te dije voy a comprar cigarros? Bueno, salí de casa, y me levantaron cuatro monos en un coche. Me llevaron hasta Zárate pegándome todo el viaje en las costillas, me robaron las medias parís, me hicieron bajar del coche y ahí me dejaron. Me tuve que venir caminando. Qué iba a hacer?”

El silencio lastimaba. Por la cabeza de Marina las imágenes se sucedían una tras otra buscando una respuesta coherente a tanta estupidez.

Marina: quién va a querer llevarte por un par de medias parís? Acaso las usó algún prócer?
Tiki: y … viste como son estas cosas….
M: No. No vi.
T: ……………….
M: ………………

No hizo falta más para que Marina supiera que lo que más amaba del Tiki, eran sus silencios y sus ausencias.
Era hora de tomar el toro por las astas, y no justamente las astas que Marina venía luciendo los últimos años.

Adiós a "las chicas"


A los pocos días que el Tiki fuera “guardado”, Marina consigue erradicar definitivamente a “las chicas”.
Un mes antes de su detención, el muchacho le advierte a Marina que había “presencias extrañas” en su masculino bello púbico, por lo que le pregunta si a ella no le pasaba lo mismo. El diálogo fue breve, ameno y emotivo:

Tiki: No te anda caminando nada por ahí abajo?
Marina: NO! Ni que fuera una peatonal! (habrase visto!)
Tiki: Bueno. Porque yo tengo “algunas chicas” que NO SÉ como llegaron. Sabrás vos...
Marina: ...............

Era la primera vez que ella escuchaba hablar de ladillas. Urgente consultó con sus amigas de más confianza para no hacer papelones y saber de que se trataba. Las respuestas llegaron a coro: BAÑATE, CARAJO!
Marina sabía que no era por eso que “las chicas” habían llegado. Ella era bastante estricta con su higiene íntima, y a decir verdad, el Tiki también lo era. Lo cierto, es que tampoco se iba por la vida caminando con las piernas abiertas al viento para que llegaran del aire.
Ir al médico por ese tema, no daba. Se moría de vergüenza. Qué iba a pensar? Así fue como asumió SU culpa, (porque así se lo planteaba el Tiki) y preguntó que iban a hacer, ya que no podían quedarse esperando que se evaporaran solas.
Marina había asumido que tenía que alimentar a la beba, al Tiki y al chueco, pero a eso sumarle “las chicas” era demasiado.
El Tiki, sin ceder en su “enojo” (?), muy cortante se limitó a decir:

- Esta tarde nos espera Van D.”

Y allá fueron. Van D. era y es, un excelente médico de Floresta. Sólo.... que es veterinario. El tratamiento era sencillo: TEA 725 en aerosol para la zona afectada, y atacar hasta que “las chicas” desaparecieran.
Frente al espejo de su dormitorio, Marina se despidió, con palabras sentidas, de su amiga inseparable. Aquella que le había dado el gusto de tener a su beba, y el disgusto de conocer al Tiki.
La etiqueta decía: “TEA 725 König, garrapaticida y pulguicida en aerosol para perros”. El temor de que detrás de las chicas, SU chica cayera en pedazos, estaba latente, pero alguien dijo que el fin justifica los medios, y este era el caso. Fue así que comenzó la “Misión TEA”, que fue breve ya que al quedar detenido el único responsable de la infiltración enemiga, la posibilidad de que se reproduzcan era nula.
Ante la evidencia, el Tiki no tuvo más opción que decir la verdad. “Las chicas” habían sido un obsequio de Alejandra, su reciente “prometida” pero no podía admitirlo frente a Marina.
Un nuevo cargo se le sumaba a la lista interna para la expulsión inminente del hogar.

Entre tizas y pañales

Desorientada y sin saber que pasaba, Marina se fue de la comisaría. Poco era lo que había que decir. Mientras Marina lloraba, el Chueco, amigo y hermano que había ganado, acompañaba en silencio.
Como era de esperar, y además correspondía, el juez dictó preventiva.
Durante los cinco meses que el Tiki estuvo detenido en Tapiales, en un pequeño destacamento sobre la calle Pedernera a cuadras de Gral Paz, el Chueco no dejó de acompañar a Marina a llevar dos veces al día la comida a comisaría. Los abuelos de ella, no querían saber nada con nada ni nadie que tuviera que ver con el Tiki, razón por la cual, el “patas largas” como le decía la abuela de Marina al Chueco, tocaba timbre y en dos “zancadas” se escondía dando la vuelta a la esquina. Como fuera, él se las ingeniaba para avisar que había llegado para acompañarla.
Lo cierto es que el dinero de la indemnización estaba llegando a su fin, así que urgía conseguir un trabajo para mantenerse. Claro que el problema era el horario. Así fue como por un cartelito en una panadería, Marina consiguió planchar pijamas y calzoncillos para una fábrica muy cerca de donde vivía. A simple vista, parecía cosa fácil, pero concretamente, consiguió quemar 3 pantalones y 6 calzones, que pese al esfuerzo por doblarlos de manera que no se noten, lograron que el trabajo le durara menos de una semana. Era evidente, que el fuerte de Marina no era el planchado.
Por ese entonces, corría el año noventa y siete y la beba cumplía dos años, y fue durante ese cumpleaños que el Chueco conoció a Patricia, una amiga de Marina, quien con el tiempo se convertiría en su mujer.
Entre risas y no tanto, Patricia y el Chueco habían encontrado la solución para Marina.
En poco tiempo, él le enseñaría todo lo que sabía de pool. A cambio, Marina empieza a conocer los entretelones de los torneos de barrio jugando con el Chueco por dinero para un pub de Floresta. Así también, sabe por vez primera de algunos billares y Lucho Rossi, antes totalmente desconocidos para ella. No era lo ideal, ni a lo que estaba acostumbrada, pero la ayudaba a sobrevivir. Mientras Marina y el Chueco "recaudaban", Patricia cuidaba de la nena.
Lejos habían quedado las tardes de uniforme de colegio y ajedrez en el subsuelo de la Richmond. Tan lejos como la Marina que lo usaba.

El Chueco: Un amigo de ley.

El Tiki no trabajaba por eso de que no había justicia social no sabían bien donde, Marina lo hacía en un Banco privado, y la beba, contaba ya un año y medio cuando Marina se desayunó con la novedad de que el Banco estaba intervenido por el B.C.R.A. por un problema no menor que involucraba hasta al vaticano y la liquidación se veía inminente.
A Marina no le preocupaba tener que buscar otro trabajo. Así fue como una vez que llegó a su casa, le comentó a sus abuelos lo sucedido, y coincidiendo con ella, la animaron a buscar tranquila otra cosa, porque llegado el caso, ya se iban a arreglar con su ayuda. En cambio al Tiki, siempre solidario, le preocupaba la situación, por lo que sugirió a Marina separarse hasta conseguir un nuevo trabajo. Claro que con lo del nuevo trabajo no hablaba de él, sino de ella. Mientras no hubiera justicia no sé cuanto, el Tiki no estaba dispuesto a dejarse explotar por el capitalismo devorador de nunca se supo qué. Pero en algún lado, alguien le explicó que con un despido se cobraba una indemnización, así que el Tiki, siempre mostrando su mejor fibra, decidió que dos o tres meses más podían esperar para separarse.
Concretado el despido de Marina, y con la indemnización en su cuenta de ahorros sin que el Tiki lo supiera para evitar que la deje, alquilaron a medias con otra pareja de su edad una quinta en Moreno por una semana para despejarse un poco. Marina había quedado en encontrar al Tiki en la estación. Ya estaba lista para salir con la beba, cuando sonó el timbre en su casa. Era la policía. Mejor dicho, la brigada de San Justo. La brigada de San Justo en Floresta? El díalogo parecía imposible:

Marina: Si?
Policía: usted es Marina?
M: Debo ser yo, no sé.
P: podemos pasar? No tenemos orden, pero necesitamos ubicar a su marido.
M: que le pasó?

En ese interín, el abuelo de Marina abrió la puerta y los dejó pasar. Ahí Marina escuchando el relato del oficial que estaba a cargo del operativo (tres autos de la brigada, y dos patrulleros, uno de la bonaerense y otro de la federal en la puerta de su casa eran flor de operativo) supo que el Tiki se había “comprometido” con una tal Alejandra con la que habían robado a un tío bienes personales que habían cargado en un auto de ese hombre quien para colmo era discapacitado. Marina no entendía nada. Debía ser un error y buscaban a otra persona. Sin embargo, no detenida, pero si para que ayude a encontrar al Tiki antes que la brigada, la bonaerense la había llevado a la comisaría de Tapiales. Cinco, seis, o un poco más. Marina no recuerda la cantidad de horas que estuvo en ese lugar tratando de ubicar la quinta que el Tiki había alquilado con sus amigos. Tampoco los conocía a ellos, por lo que poco era lo que podía aportar. Ubicado el Tiki, los patrulleros volaron a Moreno, y el oficial de guardia sólo atinó a decirle dos cosas, que vaya directo a su casa, y que en la guardia de la comisaría la estaban esperando. Hacía más de seis horas que el chueco esperaba sin moverse de ahí para llevarla a su casa. Había ganado un amigo incondicional, pero contradictoriamente con su DNI, el corazón de Marina comenzaba a envejecer a pasos agigantados.

Consumado el acto


El acto sexual, ya era pasado y avanzaba hacia el futuro con seis meses de atraso, más fecha de parto concreta. Faltaba consumar el “acto matrimonial” que consistía en una ofrenda al Dios “del-qué-dirán-los-vecinos”.
Como era de esperar, en el Registro Civil había un par de familiares, obviamente los de rigor, además del Tiki, el Chueco y Marina. Fue una ceremonia breve y sencilla. Hasta podría decirse que no dolió. Por la noche, como correspondía en estos casos, habría una reunión para los íntimos, tan íntimos, que se redujo a la familia de Marina, el Chueco, el Tiki y sus padres.
Dorita, la madre del Tiki, ofendida por la falta de tiempo con que fue avisada del atraso (?) encontró la excusa que necesitaba para no colaborar con los gastos de la mini reunión. Situación que Carol, la madre de Marina, como única sponsor oficial del evento, aprovechó para constituirse en árbitro y linewoman, y sólo habilitar la tribuna de locales.
Después de todo, si lo iba a pagar con su mísero sueldo municipal, era lógico que cerrara el ingreso a “visitantes”.
A las dos horas de comenzada la reunión, los misiles sobrevolaban el living cómodamente. Era el momento indicado para que los novios se escaparan de la fiesta (?). Y así fue como el Tiki, el Chueco y Marina hicieron mutis por el foro.
Terminada la reunión en condiciones lastimosas, la nona de Marina, les avisó que ya estaba despejado el campo de batalla y podían volver.
El Tiki, ya había traído un bolso con sus petates, que incluían algunos pares de las históricas medias “París” que dejarán huellas imborrables en la vida de Marina. Los petates incluían además, un par de estas medias para lavar.
Marina, ávida por demostrar lo buen ama de casa que podía llegar a ser, lavó los dos pares de medias, y se dispuso a secarlos en el borde del horno. Como toda la vida Carol había hecho con sus zapatillas de gimnasia cuando no había tiempo de esperar que se secaran con el sol. Claro que, una cosa eran las zapatillas, y otra las medias. El horno, igual que los poderosos, dueño absoluto de la situación, cerró la cadena alimenticia “comiéndose “ al más débil., que en este caso, fueron las medias.
Nadie le había dicho a Marina, que tenía que dejar la puerta del horno abierta. Así fue como secándose a puerta cerrada, sólo quedaron los puños de las históricas medias París, colgando del lado de afuera.
El sepelio de las medias, duró menos de un minuto. Lo que lleva sacarlas del horno, decir lo siento, y tirarlas a la basura. En cambio el duelo..... al Tiki el duelo le llevó años. Ese final absurdo donde las medias perdieron la vida, marcarían su vida para siempre. El tiempo dará la razón a Marina sobre esta afirmación.

El "Debut" de Marina


Llegar a un atraso de esas características no fue algo improvisado. Como tampoco lo sería “la primera vez” de Marina.
El Tiki, un idóneo en excusas, ya había pensado el argumento a dar para que Marina justificara en su casa el pasar la noche afuera. Dirían que tenía un examen y se quedaba a dormir en la casa de alguna compañera que no abriera la boca.
Con eso, el peor escollo, estaría controlado. O al menos eso pensaban.
Marina, siempre previsora, preparó todo lo que tenía que llevar al hotel, tal como lo exigía la situación:

· Camisón para pasar la noche: 1 (él se encargaría de lo suyo)
· Chinelas nuevas: 1 par (obvio)
· Calzones: 2 (por las dudas...... nunca se sabe. Que no vaya a pensar que es una roñosa)
· Desodorante: 1
· Galletitas Lincoln: 1 (por si tenían hambre y no les alcanzaba la plata)

Tohallas, ya no, porque en los hoteles te tienen que dar. Por lo menos en los del Sindicato de Empleados Municipales, cuando Marina iba de vacaciones con la madre era así.
Con todo listo, ya dentro de la habitación, Marina salió del baño hecha una lady.
La ropa bien dobladita en un brazo, camisón, chinelas nuevas, las Lincoln en la mano para que el Tiki vea que estaba atenta a todo, y el Tiki.... donde estaba el Tiki???
El Tiki estaba en pelotas.
Dos horas le llevó al Tiki reponerse. Una de la risa, y otra para conseguir que Marina deje de llorar.
El regreso a casa no fue mejor. Marina, deslumbrada con la novedad de los jaboncitos, y esos cepillitos de dientes, descartables y tan lindos que incluía el polvo-pack, no tuvo mejor idea que llevárselos de souvenir para mostrar a sus amigas, que hasta ese momento, acusaban ser todas santas y vírgenes.
Nunca hay que subestimar al enemigo. Nunca.
La madre de Marina, se llevó la ropa para lavar, y encontró, además de los jaboncitos, los clásicos y delatores peinecitos negros con cartel luminoso que decía "Telo" a viva voz.
Lo que sigue, fue peor que salir del baño con las Lincoln en la mano y ver al Tiki en pelotas. Para que contar?

En los anales del tiempo....


La historia de toda pareja comienza con un "nos conocimos...." En este caso, Marina nunca terminó de conocer al Tiki... ni el Tiki a Marina.
En una esquina de esas donde te juntás con "los chicos" a la salida del colegio, Marina conoció al que iba a ser el hombro de su vida. Ese hombro que te obliga a llevar la carga más pesada de la peor manera inconsulta.
Después de un tiempo de noviazgo, el Tiki, gran conocedor de la calle y de la vida (?), instruye a Marina de cómo cuidarse para no quedar embarazada cuando tenían sexo. Nada de preservativos, ni pastillas anticonceptivas, ni nada convencional. El Tiki la tenía re clara. Lo más seguro era el bidet. Si señor. Con un despliegue de explicaciones y lujo de detalles, Marina supo con cuanto tiempo disponía antes de salir corriendo a sentarse en el milagroso artefacto.
Algo salió mal, porque después de algún tiempo, observó que la regla había desaparecido.
Marina había adquirido parte de la ligereza para razonar que tenía el Tiki, por lo que raudamente fue a una consulta ginecológica. El diálogo fue muy breve:

Gineco: Qué te trae por acá?
Marina: Un atraso.
G: A ver... fecha del último período?
M: Creo que el mes de Junio.
G: eh? pero estamos en Noviembre!
M: Si. Por eso vengo. (que se había creído? que me iba a dejar estar?)
G: con qué te cuidabas?
M: me repite la pregunta?
G: tomás algún anticonceptivo?
M: No!! Tienen hormonas!!!
G: Ovulos, diafragma, preservativos? con qué se cuidaban? rezaban???
M: (Jaa! Si supiera!) Con el bidet.
G: Evidentemente tenés un atraso, pero MENTAL!


Las señales estaban a la vista, pero Marina..... no supo verlas.

Bien casada? o bien cansada?

Marina supo lo que era estar casada cuando se encontró con una boca más que alimentar. Perdón, dos. El Chueco venía en el combo.
A diferencia del Tiki, este último ayudaba con algunos quehaceres de la casa, (no olvidemos que Marina estaba embarazada), en cambio el nuevo cónyuge, no estaba para esos menesteres. Él "estaba para más".
Con el tiempo, Marina, sabría que era "para más adelante" porque por un período bastante prolongado, no consiguió que el Tiki hiciera nada productivo, salvo embarazarla.
Por aquel entonces, el Tiki conservaba el "contador de ideas" en cero. Muchos pensarán, "qué herida quedó esta Marina con el Tiki!!".... pero no. Verán que lo del contador es cierto, y que la herida es en realidad un dejo de ironía por no llorar los años perdidos.

Introducción

Marina era una típica chica de barrio, nacida en el seno de una familia de clase media trabajadora.
Con los estudios completos, y las uñas esculpidas, decidió un día casarse de apuro con un embarazo de seis meses y un novio que para algo más que un buen polvo debía servir.
El era un chico lleno de sueños, y tantos, que pocos lo consideraban un tío “despierto”.

“Incapaz de hacer una cosa así!!” decían todos. Ni así, ni asá. Incapaz para todo. Lo que se dice, lisa y llanamente, el Tiki era, y es, un incapaz.
En franca organización familiar, Marina aportaba a la sociedad conyugal, dos abuelos con carácter, una madre ausente y un medio hermano molesto.
Entre otras cosas, también un lugar donde vivir, un ingreso fijo muy bueno, algunas plantas y dos tohallones.
El Tiki, como para mantener una línea de conducta, aportaba su presencia, un buen estómago con hambre atrasado y un amigo inseparable que necesitaba “adaptarse” al nuevo estado civil de su… cómo llamarlo? Bueno, eso. Necesitaba adaptarse a todo. Porque si el Tiki era un incapaz, el Chueco, que así le decían, no iba a ser menos. El Chueco era, para que quede claro, a todas luces un inadaptado.
Así, como “Doña Flor y sus dos maridos”, Marina, el incapaz, y el inadaptado, comienzan a desandar la histeria.
Porque la historia…. eso es otra cosa.