Cuando Dorita, la madre del Tiki, toma conciencia (es una forma de decir) que hay que pagar un abogado y Marina había quedado sin trabajo, se desmaya de la impresión en el banco de la guardia de la comisaría.
Para ese entonces, Marina comenzaba a pelechar, y sin inmutarse se disponía a irse con el Chueco, cuando el oficial de guardia le espetó:
Oficial: Señora, queda su suegra aquí.
Marina: …………..
Chueco: cuando se despierte, mándela a la casa.
Así fue como Dorita, se recuperó ipsofacto sin necesidad de sales ni yerbas parecidas y salió a la carrera detrás del Chueco y Marina como si nunca hubiera estado “desmayada”.
Al poco tiempo, por una prima, Sara Almaraz, que ni siquiera la conocía, pero sabiendo la historia decide recomendarla, Marina comienza a trabajar en una empresa norteamericana como secretaria del gerente de ventas. Por medio de unos conocidos, consiguen que el Tiki sea trasladado del penal de Olmos al modelo de Junín para evitarles a los familiares la humillante requisa antes del ingreso y que él “perfeccionara” sus dotes de amigo de lo ajeno. El sueldo era muy bueno, lo que le permitía dividirlo entre las cuatro semanas que tenía el mes, para costearse los gastos de viaje al penal, hospedaje, y algo para comer.
Fue una época en que Marina hubiera querido poder olvidarse lo que había aprendido de su abuelo. Eso de que en la cárcel y en el hospital no se abandona a nadie se estaba convirtiendo en una carga demasiado pesada. Porque lo del hospital vaya y pase, pero lo de la cárcel…
Así fue como un día, después de cinco meses, autorizan la excarcelación del Tiki, y regresa a la casa de Marina.
Ya nada era igual. Marina desconfiaba hasta cuando le decía “buenos días” y por las dudas se asomaba a ver si era de día o de noche.
Y un viernes, como en el cuento, el Tiki salió a comprar cigarrillos y no volvió hasta el lunes pasado el mediodía.
Marina llegó de trabajar, con la esperanza de encontrarle una pierna menos, un hueso quebrado, o algo, un raspón aunque más no fuera que al menos justificara la “pérdida”. Pero no. El Tiki estaba ileso.
Sin mediar palabra, Marina se acomodó en una silla de la cocina en busca de la explicación del Tiki, que no se hizo esperar:
“Viste que te dije voy a comprar cigarros? Bueno, salí de casa, y me levantaron cuatro monos en un coche. Me llevaron hasta Zárate pegándome todo el viaje en las costillas, me robaron las medias parís, me hicieron bajar del coche y ahí me dejaron. Me tuve que venir caminando. Qué iba a hacer?”
El silencio lastimaba. Por la cabeza de Marina las imágenes se sucedían una tras otra buscando una respuesta coherente a tanta estupidez.
Marina: quién va a querer llevarte por un par de medias parís? Acaso las usó algún prócer?
Tiki: y … viste como son estas cosas….
M: No. No vi.
T: ……………….
M: ………………
No hizo falta más para que Marina supiera que lo que más amaba del Tiki, eran sus silencios y sus ausencias.
Era hora de tomar el toro por las astas, y no justamente las astas que Marina venía luciendo los últimos años.
Cada vez menos
Hace 2 semanas
