La última gota

La convivencia con el Tiki se había vuelto insoportable. Sin embargo, una luz en el camino se dejó ver cuando llamó a Marina al trabajo para darle la buena nueva.

Tiki: conseguí un trabajo.
Marina: Si? Qué bueno! (emocionada)
T: cuando llegues a casa te cuento mejor.
M: dale, beso!

La alegría de Marina no tenía límites. Por primera vez lloraba pero de felicidad. Tal vez ese tiempito a la sombra le había servido para madurar, tal vez no era tan irresponsable como parecía, tal vez… y que sabía ella cuantos tal vez más podían contemplarse después de todo.
Llegó a la casa ansiosa por conocer más detalles del nuevo trabajo. Quería saber cómo lo había conseguido, si eran conocidos, que horario tenía que hacer, etc., etc., etc.
En la mesa del comedor, había un maletín chico, parecido al de los médicos, que el Tiki le señalaba con una sonrisa de oreja a oreja.

Marina: vas a trabajar con Van D.?

(después de todo, era el veterinario más reconocido de Floresta, buena gente, y porqué no, uno de los pocos que podía llegar a darle trabajo al Tiki)

Tiki: No. Es una valija con bijouterie para vender.
Marina: pero si no conocés a nadie que pueda comprarte algo y además cumplir con el pago?
T: yo no, pero vos si. En el banco donde trabajás, podés ofrecerlo a tus compañeros. Siempre hay alguien que compra, y ahí van a cumplir con el pago.

Marina rebuscó en su memoria, y recordó las palabras exactas del Tiki: “conseguí UN trabajo”. Pero claro, nunca dijo que era para él.
Esa había sido la gota que rebalsaba el vaso. Había llegado el momento de separarse, y así se lo hizo saber. La cosa no daba para más, y la casa era de los abuelos de Marina, así que si alguien debía irse, no era ella. La respuesta, desde luego, fue negativa. Marina venía con pensión completa y el Tiki no iba a desaprovechar la ganga.
Al día siguiente, como acostumbraba cada tanto, llegó el Chueco con Patricia a cenar a la casa de Marina.
En un momento que el Tiki salió a comprar cigarrillos sin que tuvieran los allegados la suerte de una segunda abducción, ya que no había medias parís a la vista, aprovechó para contarle al Chueco lo sucedido, y pedirle que hablara con él ya que no quería irse. Él, incondicional como siempre, le dijo que dejara todo en sus manos. Y aunque Marina confiaba en el Chueco, dudaba que lo convenciera, o por lo menos, no creía que lo haría en un día. La conversación fue breve.

Chueco: no vine por casualidad, ni a cenar y nada más.
Tiki: y entonces?
Ch: vine a avisarte que me dijo tu abogado, que te salió un nuevo pedido de captura.
T: y eso porqué?
Ch: ni idea. Pero te tenés que ir de acá hasta que él presente algún escrito en el juzgado.
T: y a dónde me voy a ir?
Ch: esta noche venite con nosotros, mañana veo donde te ubico mientras dura esto.

En menos de media hora, el Tiki llenó dos bolsos con la ropa, zapatillas, y todo lo que necesitaba por si tenía que estar varios días escondido.
Mientras salían con los bolsos de la casa de una Marina que no podía creer lo que veía, el Chueco se volvió a saludar, y por lo bajo, mientras se despedía de ella, dijo:

“mañana, cambiá la cerradura, andá a ver un abogado de tu confianza, y empezá a vivir”.

Esa última frase del Chueco, dio vueltas toda la noche en la cabeza de Marina. La vida le daba la oportunidad de volver a empezar, y no la iba a dejar pasar.